Alejandro y Carolina son artesanos y viven con sus tres pequeños hijos, desde hace más de 10 años, en medio del bosque serrano catamarqueño. En plena era tecnológica y de comunidades virtuales, ellos eligieron el contacto con la naturaleza y un estilo de vida similar al que tenían los pueblos originarios. Sin gas, electricidad, ni agua corriente encontraron su lugar en el mundo.
Texto: Pablo Giordana. Fotografías: Fernando Bordón
El artesano mueve constantemente las manos. Como si quisiera explicar todo con ellas. Está parado frente a nosotros, en cueros y con un pantalón varios talles más grandes que su cintura. Tiene entre sus manos una taza de cerámica, a la que da vuelta para todos lados y enseña qué significa cada dibujo. “Trato de imprimirle espiritualidad a las piezas”, dice. Hace unos días que se encuentra en la Escuela Provincial de Artes, en San Fernando del Valle de Catamarca donde pernocta, y a la que convirtió en su hogar por unas semanas. Allí hace artesanías en cerámica que luego venderá en las ferias de la ciudad y en localidades vecinas.
Alejandro nació en un pueblito de la provincia de Mendoza en 1973, estudió bromatología y luego música, pero hace más de 10 años que vive junto con su mujer Carolina y sus tres hijos en medio del monte catamarqueño. Un lugar donde es difícil llegar y salir. Pero eligieron esa vida. Se bañan en el río. No tienen luz, gas ni agua corriente. Se curan con té de yuyos que nacen en la zona. Se acuestan apenas oscurece y se levantan con los primeros rayos del sol.
“Cada uno ya sabe donde tiene que estar. Yo siempre estuve al lado del río y la naturaleza. Esa elección siempre estuvo, pero lo más común es al revés; quedarse en el lugar con más confort y acceso a ciertas cosas. Por haber escuchado a mi interior es que decidí ir por este sendero. Si bien todo es especial, lo más importante son los niños”, dice Alejandro.
En la casa quedó Carolina al cuidado de sus tres hijos; dos niñas: Melipal (Cruz del Sur) y Nehuen (fuerza o poder), y un varón: Uñelfe (lucero del alba). Todos los nombres son de origen mapuche. Sólo la primera, Melipal, tuvo la ayuda de una comadre que vive en la zona. Con los demás, fue su padre quien hizo el trabajo de partero.
Carolina era de Buenos Aires. Nació en Tigre en 1975. Conoció a Alejandro por amigos en común, un par de marchas y fue amor a primera vista. -¿Comparten muchas cosas? “Sí, todo. Los hijos, la vida”, responde el artesano.
La pareja se hallaba en la Patagonia cuando ella quedó embarazada. “Entonces dijimos: ‘Ahora qué hacemos con esta pancita’. Ahí buscamos un lugar para poder criar a nuestros hijos. Pasamos por un par de sitios, estuvimos viajando y este suelo catamarqueño nos dio el mensaje. La onda era buscar el espacio para estar en contacto con la naturaleza y poder sembrar nuestra tierra”, narra Alejandro.
Aunque los niños no van al colegio, saben de todo. Sus padres se preocupan de que no les falte educación. Les enseñan los números, las letras y muchas cosas más que no se aprenden en la escuela: saben lo que es la libertad. Si bien Alejandro afirma que no tendría problemas si sus hijos después eligen vivir en una ciudad, lo admite como resignado. “Y es como todo, viste. Si un hermano se va, tiene que irse. Mis niños verán si quieren volver. Lo único que quiero darles es la base”.
Allí, en el monte, los niños aprenden a hacer fuego, buscar la comida, plantar las hortalizas. Poder distinguir rápidamente entre una planta comestible y una venenosa. La “base” de la que habla Alejandro tiene que ver con poder defenderse en la selva urbana después. Él dice también que esta “base” siempre estuvo en nosotros, en los seres humanos, pero que no nos acordamos porque nos pusieron una inyección para la memoria. “A mis hermanos y amigos les es dificilísimo hacer cosas que yo hago. Crecieron en un departamento en un octavo piso y no saben ni hacer fuego. Entonces, yo pongo esas dos cartas sobre la mesa. Si a mis hijos les toca llenarse con este mensaje que les estoy dando, no les va a venir mal”, completa Alejandro.
Él también asegura que cada vez habrá más personas que buscarán esta experiencia. Volver a la Pachamama; a encontrarse con la naturaleza. A dejar los celulares y computadoras, a trabajar la tierra y producir nuestra propia comida. “Yo siento eso –dice exaltado Alejandro- hace cinco años no existía la movilidad de gente que hay ahora, que está buscando algo. Ya no va de quién sos o qué querés. O tomamos conciencia o solitos nos descartamos de este plan divino”.
Paisajes de Catamarca
Felipe Varela mira el camino desde su monumento, ubicado a la salida de San Fernando del Valle de Catamarca. A pocos metros se encuentra el monolito, cada vez más deteriorado, que recuerda a la adolescente asesinada en 1991, María Soledad Morales. Desde allí también sale la ruta 38 hacia la Cuesta del Portezuelo. En el recorrido puede verse, a unos kilómetros de la ciudad, cómo se está construyendo el primer barrio privado de Catamarca, el único lugar donde se juega al golf y donde se disputó el primer partido de polo de la historia de la provincia.
Más adelante, el cartel a la entrada del camino que lleva a la cuesta nos avisa:
- Mirador 7 Km.
- Cumbre 17 Km.
- Anquincila 59 Km.
Queda un largo viaje para arriba y cientos de curvas para llegar a la casa de Alejandro y Carolina, que se encuentra a 20 kilómetros de Anquincila.
En el mirador de la cuesta hay un palo borracho que divide el camino de los que van y los que vienen. Un gran cartel con la letra de la zamba “Paisaje de Catamarca” y un relieve de sus autores, “Polo” Giménez y “Tuto” Mercado Soria. Desde allí se puede apreciar toda la ciudad, la sierra de Ambato y el cerro Pintado, el camino serpenteante que va hacia Tucumán, algunos ríos y largas extensiones de olivares, una de las grandes fuentes de ingresos de los pobladores.
Son 1680 metros sobre el nivel del mar. Ya estamos en la cima del cerro. Hace rato que el teléfono celular se quedó sin señal y el apunamiento es notorio: se tapan los oídos, duelen la cabeza y los ojos. Entre curva y curva hay muchos animales sueltos –vacas, caballos, burros y cabras- que son de los paisanos que habitan en la zona y que, desde hace décadas, viven de la ganadería.
Hay un par de poblados muy pequeños, apenas unas casitas. En uno de ellos están carneando un chivito. Dicen que este camino era de ripio y se asfaltó porque un gobernador de la provincia tenía un campo por esta zona.
Anquincila es una de las poblaciones más grandes del departamento Ancasti, con casi 200 habitantes. En la plaza principal, al frente de la iglesia y en plena calle hay una fiesta, quizás un bautismo. Es el único movimiento que muestra la localidad, que no tiene más de cinco cuadras de largo y cinco de ancho. Una plaza, una iglesia, una escuela, la municipalidad, un río transparente que atraviesa todo el poblado y un bar donde sólo tienen para almorzar unos sándwiches de salame y queso.
El camino de los artesanos
Hay que realizar un largo trayecto desde San Fernando del Valle de Catamarca para llegar hasta la casa de Alejandro y Carolina. Desde Anquincila todavía se debe recorrer un camino de tierra, que por algunas partes se convierte sólo en una huella. El monte rodea el sendero y continúan los animales sueltos, pero aquí con más frecuencia.
Después de unos kilómetros llegamos a un río, dejamos el auto ahí ya que no se puede continuar, y lo bordeamos a pie hasta el sendero que conduce a la casa de los artesanos.
Hacemos unos 500 metros. A lo lejos vemos gente bañándose. Parecen dos mujeres y un hombre, todos jóvenes. Desaparecen apenas notan nuestra presencia. A esa altura del río se escuchan tambores desde adentro del monte. Hay un atrapasueños colgado de un árbol, con un colorido cartel que dice: “Espacio de niños”. Un muchacho de pelo rubio y dreadlocks, vestido con ropas llamativas, aparece entre el matorral. Nos cuenta que era de Buenos Aires y que hace unos meses que vive aquí. Adentro, explica, hay una comunidad y ahora están festejando el cumpleaños de uno de los niños. Le preguntamos si podríamos pasar a ver y se niega. “No somos extraterrestres”, dice. “Elegimos esta forma de vida y es como si nosotros quisiéramos entrar a ver tu casa”. Conversamos un poco más y nos saludamos cordialmente.
El diario El Ancasti castiga desde sus páginas permanentemente a las comunidades de artesanos que se radican en el interior de la provincia. En 2009, un joven mochilero de Comodoro Rivadavia fue asesinado en un pequeño poblado del departamento Belén. “La mayoría de los testimonios recogidos hasta el momento son de hippies y mochileros que acampan en la zona. Los fiscales observan en ellos un marcado hermetismo con respecto a las prácticas rituales que se realizan en esta época del año, que incluye el consumo de un brebaje alucinógeno conocido como ‘San Pedro’, extraído del cactus, abundante en la zona. Una de las hipótesis sobre el disparador del crimen ronda en torno a estas prácticas, que son observadas con frecuencia por los lugareños”, señalaba el tradicional matutino catamarqueño. Resulta que Sebastián fue muerto por dos paisanos oriundos de la región.
Pero no son “hippies”, como les dice despectivamente El Ancasti. Y ellos tampoco se consideran así. Para Alejandro, su elección es más importante que una palabra. Es el camino elegido para concretar sus sueños y proyectos. “Yo también creía que el que se vestía de artesano era un hippie copado, pero me di cuenta de que no”, señala.
Ellos nos confirman que hay más de 20 familias instaladas en esta zona desde hace muchos años y que todos los pobladores se conocen entre sí. La mayoría se dedica a la realización de artesanías y poco a poco empiezan a asociarse. Algunos hasta exportan sus productos a Italia.
- Imaginamos que la relación con los paisanos debió ser conflictiva, le preguntamos a Alejandro. “En un principio fue duro, pero cuando comenzamos a acercarnos descubrimos que tenemos las mismas prioridades, nada más que no la chamuyan, nosotros sí. La pureza de esta tierra siempre existió, por eso no hay mucha diferencia. Antes que nosotros estuvieron los paisanos y antes que ellos nuestros hermanos diaguitas. La tierra absorbe el espíritu. Creo que la relación con los paisanos se va poniendo mejor, pero también hay gente en el monte que no tiene los mismos principios, fundamentos ni fines que nosotros. Por más que vivamos cincuenta artesanos somos pocos los que compartimos esta forma de vida; los demás tienen otra. Hay gente que vino de Buenos Aires, que supuestamente son hippies o locos o como se quieran llamar, pero tienen su caja de ahorro repleta o la mamá que les manda los 600 pesos por mes”.
La casa del telar
El hogar no tiene grandes lujos ni comodidades. ¿Hacen falta en este rincón del mundo? Un camino de huella, después de cruzar un portón de alambre, nos lleva a la casa de Alejandro y Carolina. Es una especie de galpón, con paredes de adobe que ellos mismos levantaron y piso de tierra. En el ambiente principal se encuentra la estufa y el telar mapuche con el que ella trabaja. En un costado hay una mesa, pero no hay sillas. En el altillo, después de subir por una escalera de madera, está la habitación que comparte toda la familia. Afuera hay una quinta, de donde obtienen gran parte de su comida diaria, y el horno para cocinar la cerámica que realiza Alejandro.
El telar ocupa un lugar central y está con la lana puesta para ser trabajada. En una bolsa se encuentran las artesanías que hace Carolina. A ella le enseñó a usarlo la abuela de Alejandro, una mapuche que tiene más de 90 años y todavía teje.
Carolina abre las puertas y cuenta su vida. Los niños, desnudos, dan vueltas por ahí. Uñelfe agarra un palito del suelo. Observa fijamente y dice inocente: “Un día comí un helado con esto”. Aunque se encuentran en medio del monte catamarqueño no tienen la típica tonada provinciana de erres arrastradas. Hablan como “porteñitos”. Pero estos “changuitos”, como les dicen a los niños en Catamarca, nacieron allí, en esa misma casa.
Sentados en unos troncos que ofician de silla charlamos con Carolina. Ella dice que están muy contentos con esta elección de vida, pero aclara que lo único que desearía es la luz eléctrica. “Ahora no me molestaría que pase un cable por ahí para conectarme, pero hace unos años sí. Nos serviría para poder leerles un cuento a los pibes a la noche”, reafirma después Alejandro.
¿Y eso cambiaría tu estado espiritual?, consultamos. “No, para nada. En un momento pensábamos que sí. Pero ahora que paso más tiempo en la ciudad estoy comprobando un montón de cosas impresionantes, entonces ahí me confirmo que no es la luz ni la electricidad: es algo interno”.
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